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Editorial: doblegar la voluntad

El presidente de la Autoridad Portuaria de Las Palmas, Luis Ibarra (PSOE), no puede avanzar a la velocidad necesaria por la cantidad de palomares que Juan José Cardona (PP) creó en los pocos meses que estuvo al frente de la histórica entidad. No hay manera de comprender toda esa factoría de ideas africanoeuropeas que rodea el entorno portuario y ajeno por completo al negocio portuario. Desde tailandeses trabajando en plataformas y buques a tipos encorbatados que nunca saben nada de nada pero están en todas las salsas.

El lanzallamas no es un artefacto que viene de la II Guerra Mundial. Proyectar un chorro de fuego controlable se hace desde la época de los griegos bizantinos en el siglo I d. Cuando no es un buque de PDVSA entrando por el puerto de Las Palmas, surge alguien colocando un proyecto europeo del Feder que no sirve para nada o aparece el organiagrama de una fundación opaca en la que la consejera delegada de una empresa de reparaciones navales comparte dirección con un empleado suyo. ¿Dónde se ha visto eso? ¿Se imagina alguien un empleado de una ventanilla del Banco Santander compartiendo espacio de decisiones con Ana Patricia Botín en una fundación de marcado carácter social?

Lo dijimos en este mismo espacio hace unos meses: dejen mandar a Ibarra. De momento, el presidente portuario ha reforzado su papel presidencialista. No queda otra. Una manera de arrancar bien sería creando un registro de lobbys y grupos de interés para evitar la multiplicación de siglas y nombres de cosas que, como casi siempre, suele acabar en el mismo sitio: juzgados. El uso civil de lanzallamas se emplea en las cosecha de caña de azúcar y otras tareas de manejo de tierras. Ibarra debe aprovechar la salida de jerarcas portuarios y la crisis de la pandemia para quemar la basura que se ha encontrado a su regreso.


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